Seguridad en Dios: Cómo Caminar con Confianza Total

El Salmo 37:24 nos regala una promesa poderosa: “Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano”.

Tal como un niño camina confiado de la mano de su padre porque sabe, con toda certeza, que está a salvo, de ese mismo modo debemos vivir nosotros. Nuestra seguridad en Dios nace de la convicción de que Él no nos soltará.

Sentirse seguro es sentirse a salvo. Y si hay algo de lo que podemos estar 100% convencidos, es que en Cristo hay salvación. En el griego original, la palabra salvación (soterion) es increíblemente rica; no solo habla de ir al cielo, sino de rescate, liberación, perdón, sanidad, prosperidad, protección y restauración.

Esto significa que, al confiar en Jesús como tu Señor, puedes tener la certeza de que Él te ha rescatado y liberado. En Él tienes la protección que necesitas: por Su sangre fuiste perdonado, por Sus heridas fuiste sanado y a través de Su sacrificio hoy eres restaurado. Esa es la base de nuestra confianza.

El "Sí" y el "Amén" para tu vida

Nuestra seguridad en Dios proviene directamente de Su obra. Jesús cumplió con todo lo que la justicia divina demandaba, abriendo el cielo de par en par para Sus hijos. Por eso, Sus promesas no son solo deseos, son hechos para nosotros.

“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.”2 Corintios 1:20

Este es un principio que debemos atesorar y confesar constantemente: cuando vas a la presencia de Dios y oras diciendo «Tu Palabra dice», el Señor responde con un “Sí” y tú respondes con un “Amén”. El «Sí» de Dios es Su mano extendida para hacer efectiva Su Palabra; tu «Amén» es tu fe extendida para recibir la promesa.

No te dejes engañar por las mentiras que buscan sembrar duda. Mantente cimentado en la verdad, rodeado por esa muralla de protección que son Sus promesas. Recuerda siempre: para ti, en Cristo, todo es «Sí» y «Amén».

Un baluarte frente al adversario

El Salmo 27:1 declara: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida; ¿quién podrá amedrentarme?”.

Dios es nuestro baluarte, un lugar fortificado que nos protege. Aunque la Biblia enseña que tenemos un adversario que intentará dañarnos, nuestra seguridad en Dios permanece intacta porque Jesús ya venció. El enemigo es simplemente un mal perdedor que no quiere aceptar su derrota, pero su destino ya está escrito.

Como dice Colosenses 2:15, en la cruz Jesús desarmó a las autoridades espirituales y las avergonzó públicamente. El diablo ya no tiene poder sobre nosotros. Aunque él sea llamado el «príncipe de este mundo», nosotros no pertenecemos a este sistema; nuestra ciudadanía es celestial.

Trasladados al Reino de la Luz

Antes de conocer a Cristo, estábamos bajo el dominio de las tinieblas. Pero Dios nos rescató y, al creer en Su Hijo, fuimos trasladados al Reino de la Luz (Colosenses 1:13). Ahora estamos rodeados de Su protección y el enemigo no tiene autoridad legal sobre nuestras vidas porque le pertenecemos al Rey.

Confiar en el Señor significa seguridad (Proverbios 29:25). El mundo suele decir que «lo único seguro es la muerte», pero para nosotros esa no es la verdad. El mundo habla desde la incredulidad, pero nosotros hablamos desde la Palabra.

No caminamos por suerte o probabilidad, sino por certeza. Dios no puede negarse a sí mismo; Él es fiel y no se contradice. Si Él lo dijo, ya es un hecho. A diferencia de los hombres, que cambian de opinión, nuestro Dios es el mismo ayer, hoy y siempre. Esa es nuestra mayor seguridad: Su carácter inmutable es nuestra firma de garantía.

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